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EL ESCRITORIO DE LACAN
Jorge Baños Orellana
Ediciones Oficio Analítico




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Consultorio/escritorio / Institución/escritorio / Escribir, escribir / Lacan corrector / Lacan-lector / Lacan-promotor / La cita posmoderna / Pitagóricos o dadaístas / Adiós al escritorio de Lacan / Notas

Por qué el escritorio de Lacan

Sobre el escritorio, papeles, libros abiertos, hojas cubiertas de su fina escritura de agradable grafismo, a veces escrita con una delgada estilográfica de oro, regalo de una mujer, según él, y que, siempre según él, únicamente Gloria sabía llenar. Al pie de su escritorio, pilas de libros.

Jean-Guy Goldin, Jacques Lacan, calle de Lille n°5

 

Sí, en primer lugar está el escritorio de Lacan del consultorio de la calle de Lille n°5, en el corazón de París. Mientras se encaminaban al diván, sus pacientes solían meter una larga bocanada de aire y echar una mirada de reojo. A la izquierda, dominaba la chimenea, con la repisa poblada de objetos arqueológicos y fotos familiares, el cuadro montado sobre un espejo que cubría la columna de tiraje y la abertura del hogar tapada por los libros apilados en el suelo, desde el día que instaló los radiadores. A la derecha, el panorama era algo más severo; en el robusto escritorio Luis xvi, cargado de libros abiertos y dispuestos en abanico, a veces se atisbaba alguna prueba de galera enérgicamente corregida u hojas de apuntes para la clase del miércoles del seminario. (Sí, ése es el escenario del famoso retrato de 1957, en el que Lacan posa sonriente, sentado en la butaca del escritorio, con la estilográfica abierta apoyada sobre el manuscrito de "La dirección de la cura y los principios de su poder"). Pero ellos sabían que ese no era el único escritorio. Cuando una señal de Gloria, la secretaria, los invitaba a encontrarse con su analista, desfilaban primero por un cuarto rectangular que separaba el bullicio de las dos salas de espera de la intimidad del consultorio. Entonces, en una anticipación invertida, a la derecha, notaban la acumulación de los libros y los objetos (esta vez, acomodados en una biblioteca y una vitrina vidriada) y el anzuelo a la mirada de otro cuadro (esta vez, uno pintado por el cuñado, André Masson: "Baigneuses à la cascade"); y, a la izquierda, una mesa de comedor vacía arrinconada contra la puerta ventana que a nadie podía engañar: la pesada lámpara extensible de resortes en una de las esquinas convalidaba el rumor de que Lacan disponía allí los papeles a sus anchas en cuanto concluía la última consulta y se quedaba a solas en Lille n°5.

Como es de costumbre, buena parte de ellos preferían imaginar que el hombre pasaba la vida guardado ahí dentro, entretenido en alguno de los dos escritorios, hasta verlos regresar. Descubrir al analista fuera del consultorio o de la institución de analistas nunca dejará de parecer desconcertante e indebido. Naturalmente, Lacan extendía sus recorridos y preferencias más allá; aunque no siempre alejándose de la configuración espacial que lo rodeaba la mayor parte de las horas. En el álbum armado por su hija Judith hay fotografías de las vacaciones de 1951 en Moleaude y las de 1960 en Porquerolles que lo descubren con los codos apoyados en escritorios improvisados en mesas de hotel en los que se reproduce el parapeto de libros, la disposición de los papeles y la costumbre de arrimar una banquetita auxiliar para tener todavía más libros al alcance de la mano.1

Desde luego, no solamente leía o escribía sentado al escritorio y rodeado de las simetrías predilectas. ¿Dónde leía Lacan? Cuando hacía buen tiempo, al aire libre en la casa de campo de Guitrancourt, recostado en la chaise longue con rueditas y doble empuñadura, que arrastraba como una carretilla hasta el medio del jardín. La soledad, sin embargo, no era mayor requisito ("En Guitrancourt, era costumbre tomar el té en el estudio donde trabajaba mi padre. Le gustaba que estuviésemos allí. Nuestra charla no lo molestaba para nada. Continuaba trabajando, frente a la ventana que daba al jardín, y, en su fijeza de piedra, tenía algo de esfinge", recuerda su hija Sibylle).2 Como todo el mundo, también leía en la cama ("´Me creerán, si quieren’, me dije esta mañana al despertarme, después de haber leído a Madeleine David hasta la una de la madrugada", cuenta al pasar en el Seminario 18),3 o tumbado en la playa ("Papá, echado sobre la arena a pleno sol, hundido en la lectura de alguna obra erudita, se levantaba de pronto, vestido con un brillante traje de baño verde esmeralda, corría hacia el agua a grandes zancadas y, con la parte superior del cuerpo en la posición adecuada —los brazos estirados, las manos juntas—, se lanzaba al mar con un gran "pluf").4 Otras veces, lo hacía en circunstancias desacostumbradas o mal toleradas: "Durante buena parte del almuerzo, Lacan se la pasó estudiando atentamente un abultado volumen apoyado a un lado de su plato; tornaba las páginas con una deliberada meticulosidad mientras comía y, ocasionalmente, hacía algunas anotaciones en un pequeño bloc. De vez en cuando emitía algún comentario, (...) aunque la mayor parte de la conversación la sostuvieron Dora y Sylvia.", recuerda amargamente James Lord.5 Y otra vez Sibylle: "Una tarde fuimos a pasear al mar. Una lancha equipada con un pequeño motor era conducida por un marinero. El espectáculo era magnífico: los acantilados vertiginosos, el azul profundo del Mediterráneo, la centelleante luz sobre el agua, el resplandor del sol —todo producía un estado de embriaguez—. Mi padre, no obstante, no levantaba los ojos de su Platón. A veces, el marinero le lanzaba una mirada inquieta"6). ¿Dónde, cuándo escribía Lacan? Como Freud, y tantos más, al no disponer de continuidad en los días laborales, se veía empujado a sacar partido de las vacaciones ("Soy concienzudo, el trabajo [de escribir "El seminario sobre ´La carta robada’] me lo tomé en el sitio que pongo al final: San Casciano. Queda en los alrededores de Florencia, el lugar es encantador, pero eso me arruinó mis vacaciones. Aunque ya tenía una inclinación para arruinar mis vacaciones. ¡Siempre la misma cosa!");7 si no, de los fines de semana ("La última vez les hice la confidencia de que la huelga me venía muy bien;(...) estaba demasiado trabado ahí, entre mis nudos y Joyce, como para que tuviese ganas de hablarles de la cuestión. Estaba embarazado. Ahora lo estoy un poco menos, porque creo haber encontrado algunas cosas transmisibles. Evidentemente, yo soy más bien activo, quiero decir que la dificultad me provoca, de manera que durante todos mis week-ends me encarnizo en romperme la cabeza con alguna cosa que no funciona").8

Y así podría seguir, con citas acerca de cómo escribía en trenes y aviones, con descripciones de sus rasgos caligráficos o la contabilidad de su voraz y gravosa bibliofilia. ¿Pero de qué serviría al psicoanálisis aumentar la colección de estas estampas biográficas? ¿Para qué el escritorio de Lacan? Contestar esta pregunta lleva todo el libro. De todas maneras, sin anticipar soluciones que resultarían vacías o caprichosas antes de recorrer su argumento, intentaré una apretada enumeración de los supuestos y una reseña de lo se va y no se va a encontrar en las próximas páginas.

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Consultorio/escritorio

El escritorio del analista comprende un conjunto de operaciones y destrezas específicas que hacen a su trabajo, por más que no tomen lugar en la escena tradicional del sillón y del diván. ´Consultorio’ y ´escritorio’ son, en este planteo, dos momentos separados pero no ajenos. Lo que sucede entre el sillón y el diván está necesariamente sellado por la singularidad y la privacidad: para que alcance la generalización de la teoría y el pasaporte de la circulación pública, lo allí sucedido tendrá que ser repensado y ajustado en el escritorio. En lo esencial, el escritorio es una operación argumentativa y poética de mediación, que asalta en cualquier momento y lugar; sin embargo, no hay que desdeñar que su realización plena y concreta reclama, en algún momento, de una topografía y de una colección de útiles propios en la que y con los cuales el acto de la abstracción se corporiza (no en vano Virginia Wolf reclamaba "un cuarto propio" para las mujeres, homologable al cuarto de estudio de los hombres acomodados). A veces, el tránsito del sillón del consultorio a la butaca del escritorio requiere, como en la calle de Lille n°5, de algo tan insignificante como dar un par de pasos en el espacio de un cuarto, o ni eso siquiera; pero epistémicamente equivale a dar un gran salto, no siempre logrado, por encima de la fractura que separa la práctica del psicoanálisis de su enseñanza. Una escena no va en desmedro de la otra. Es impensable la formación de un analista sin análisis personal y supervisión de casos (aunque habría que discutir en qué limbo, entre uno y otro escenario, ocurre la supervisión...); pero con esos dos pilares no alcanza, nunca alcanzó, para sostener el edificio analítico. El psicoanálisis progresa, se transmite y se enseña antes, durante y después de lo que sucede en los consultorios.

 

Institución/escritorio

Sí, se me concederá a manera de réplica, el psicoanálisis también transcurre más allá del consultorio, pero únicamente porque reclama, además, el espacio de las instituciones analíticas (y lo poco que la Universidad pueda colaborar al respecto). Sí, estoy de acuerdo en que desde la fundación del psicoanálisis hay sobradas pruebas de que su desarrollo y reproducción es inviable, inconcebible sin agrupaciones analíticas; y agreguemos que, en los últimos veinte años, se les suma la práctica de la experiencia colectiva del pase (que posiblemente acabe emparejada en el mismo rango que el análisis y la supervisión de casos). Coincido en que las instituciones son necesarias, e incluso perfectibles, al punto de haberme visto animado a escribir un libro anterior sobre el lacanismo como discurso social,9 cuya lectura no es requisito para leer este otro, pero cuya escritura sí lo fue para poder producirlo. Pero no, la institución (con las operaciones y destrezas específicas que, a su vez, supone) tampoco es el escritorio. Como con el consultorio, la escena del escritorio guarda una relación de anticipación y remisión con la escena institucional, pero no se confunden; es fácil de notarlo en el anecdotario de esas pequeñas historias de Lacan que, como se vio, ocurren sin excepción fuera de los horarios de consultorio y en los días en que las instituciones analíticas mantienen cerradas las puertas.

 

Escribir, escribir

"Es mientras escribo que encuentro",10 decía Lacan, a quien no puede imputarse indiferencia por la experiencia clínica ni por la gestión institucional. Y más lejos todavía llegaron los dichos de Freud cuando, en la urticante carta a Ferenczi del 4 de mayo de 1913, protesta porque "su trabajo", el de reflexión y escritura, se veía interrumpido por el estorbo de las obligaciones cotidianas (oficiar de docente en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, contestar cartas, leer libros por cortesía, animar congresos e incluso atender pacientes): "Lamentablemente, puedo trabajar tan poco que debo esforzarme para mantener un estado de ánimo apropiado; esto lastima tanto mi estilo como lo hace el estar tantas horas vinculado a gente que habla tan mal el alemán".11 Seguramente Melanie Klein, como otras cabezas fecundas de la historia del movimiento psicoanalítico, habría suscrito mayoritariamente estas convicciones y quejas. Y Lacan también, pero uno de los obstáculos para hablar en particular del escritorio de Lacan es que, al mismo tiempo que reconocía que escribía para encontrar también se burlaba de la idea de publicar; describía su producción como brotada de raptos de automatismo e ironizaba agudamente a propósito de las esperanzas y alcances de la representación. La frase "ningún ejemplo construido podría igualar el relieve que se encuentra en la vivencia de la verdad" sirvió, en el momento de ser pronunciada en "La instancia de la letra",12 para saludar el valor de la anécdota comparado al de una fórmula algorítmica; pero incluida en el contexto de cualquiera de los seminarios de los últimos quince años, habría sido indicado interpretarla del modo más radical, como un acatamiento a lo indecible. Tomados al pie de la letra, obedecidos literalmente por lo que dicen, semejantes resguardos antirrepresentacionistas nos conducirían a un mutismo metódico o a una fe en la espontaneidad del saber analítico que vuelven irrisorias las concienzudas tareas del escritorio. Sin embargo, lo que muestran es otra cosa. Muestran lo contrario, en la medida en que esas declaraciones se convirtieron una y otra vez en letra (en el sentido meramente tipográfico del término), y en que su período de mayor estridencia coincide con los años en que Lacan decide reunir sus artículos en el libro de los Escritos y en que avala el inmenso proyecto de publicar los veintisiete tomos de los seminarios (tarea que, por otra parte, era factible porque él se había ocupado de contratar estenotipistas por todos esos años y de guardar bajo llave la montaña de los registros). Si el título del escritorio de Lacan tiene algo de cómico, no lo es menos su contrapartida: pocos mensajes circularon con mayor redundancia, resultaron entendidos como más legibles y despertaron acuerdos más ecuménicos que los alegatos de Lacan a propósito de la imposibilidad de la comunicación... Pero Lacan sale airoso de este dilema que lo enfila hacia el ridículo si —como veremos— se presta atención a su escritorio, y se concibe su enseñanza (y el psicoanálisis que enseña) como una actividad y una mostración, antes que como un sistema clara y unívocamente formulado. No quiero sugerir que no haya en él una doctrina estructurada, sino que su reconocimiento exige dar un rodeo por su producción. Como en la obra de un vanguardista, el pasado genético forma parte del presente del resultado. ¿Qué distingue las etiqueta de las latas de las sopas Campbell's de Warhol de las etiquetas de latas de las sopas Campbell's, o la rueda de bicicleta de Duchamp de una rueda de bicicleta, sino el acto que las montó en la galería elevando lo vulgar a la singularidad y el aura del arte? Para decirlo más claramente, vale aquí recordar la indicación de James Joyce de que el genio se mide desde los borradores.

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Lacan corrector

Del, hasta ahora, escasamente explorado tópico del trabajo de Lacan con sus borradores, se ocuparán el segundo y el tercer capítulo: "La gran corrección de 1966" y "¿Tergiversaciones privadas y rectificaciones públicas?: Las siete maneras de Lacan de contar un caso de Kris". El objeto de "La gran corrección" es el de las cientos de correcciones que, durante el primer semestre de 1966, Lacan introdujo en los artículos que llevaba publicados antes de entregarlos para la recopilación de los Escritos. Confío en que el lector pueda compartir mi sorpresa al percatarse de que —como procuraré demostrar— la orientación dominante que rige esas correcciones va a contrapelo de lo que el lugar común esperaría de Lacan y de su presunta concepción del escrito analítico. Por su parte, "¿Tergiversaciones privadas y rectificaciones públicas?" es un seguimiento de la fase previa a la de los ajustes finales de los escritos, la correspondiente a las metamorfosis que Lacan introducía al transponer sus lecciones orales al papel. El cotejo de las diferencias que trajeron esas mudanzas vuelve patente que la relación Seminarios/Escritos (o Lacan oral/Lacan escrito) es apreciablemente más interesante de lo que acostumbran afirmar incluso estudiosos destacados, como Jean-Claude Milner. Esa transposición mantuvo fidelidades e introdujo tensiones internas, trajo enriquecimientos y rectificaciones empobrecedoras, cambios acerca de los que al analista probado, no menos que al principiante, le conviene estar notificado, según se verá en un dramático ejemplo.

El principal y quizá único inconveniente de estos dos capítulos acerca del Lacan-corrector es que resultarán descorazonadores para los que aprecien a Lacan por su supuesta infalibilidad o cacareado autarquismo, antes que por su infatigable empeño o ávida curiosidad. Muy arrimado a la pose amilanada del escritor barroco, el consejo 231 del Oráculo Manual de Baltasar Gracián anota: "Contemplar cómo se cocina el alimento más exquisito, antes que apetito produce asco. El gran maestro evitará que vean sus obras en embrión. Debe aprender de la naturaleza a no exponerlas hasta que puedan gustar". Desobedeciendo el 231, El escritorio de Lacan se mete en la cocina, y se siente autorizado a inmiscuirse en ella por el hecho de que no se ocupa de un escritor de la corte barroca sino del hijo que tuvieron las vanguardias del principio del siglo veinte con el psicoanálisis, vale decir, de alguien cuyo genio debe apreciarse desde los borradores.

 

Lacan-lector

A continuación del Lacan-corrector, siguen los cuatro capítulos dedicados al Lacan-lector. Aunque cronológicamente la lectura precede en gran medida a la escritura, es el examen de Lacan-corrector lo que crea la necesidad argumentativa de prestar atención al Lacan-lector. En el cierre del tercer capítulo, "¿Tergiversaciones privadas y rectificaciones públicas?", quedará abierta la pregunta acerca del estatuto del cierto modo de Lacan de citar y reescribir textos ajenos, que nos empuja o bien a la denuncia indignada, o bien a los encubrimientos de un hiperlacanismo solidario, o bien a la urgencia de replantear la cuestión de la lectura, para discutir si hay acaso algún marco teórico que vuelva razonables y útiles tales desvíos de apariencia aberrante. Este replanteo tiene lugar en el capítulo que le sigue, "Los tres lectores del psicoanálisis", que propone una solución esquemática pero estimo que esclarecedora, sacando partido de las discusiones de la teoría de la misreading [la "mala" lectura o lectura tergiversada] que mantienen enfrentados a semiólogos (como Umberto Eco), filósofos (como Jacques Derrida) y teóricos de la literatura (como Harold Bloom y Stanley Fish). Los capítulos 5, 6 y 7 se ocupan, respectivamente, de singularizar tres procedimientos desviantes y característicos del Lacan-lector: el de la omisión ("El Freud al que Lacan no retornaba"), el de provocar malos entendidos crónicos ("Efectos secundarios del Lacan-lector: Malas lecturas (misreadings) y lecturas malas de las epifanías de Joyce") y el de la emulación didáctica ("Cuando comentar es mostrar: anotaciones de una lectura de ´Joyce el síntoma I’").

 

Lacan-promotor

Sí, queda por reseñar el primer capítulo. Como es fácil de adivinar, su tarea será la de cubrir lo que el escritorio de Lacan pueda tener de obvio y manifiesto. Al situarse al comienzo de un desarrollo que va de lo más público y evidente (los capítulos que comparan versiones publicadas entre sí y escritos con seminarios) a lo más reservado e hipotético (los de las derivas de la lectura), al primer capítulo le corresponde esa suerte. El inconveniente es que lo más obvio del escritorio de Lacan (y del de la mayoría de los analistas) coincide con lo más desdoroso y lo más incómodo de tratar. No sería inexacto adelantar que el primer capítulo se ocupa de la autopromoción del psicoanálisis o de cómo la enseñanza de Lacan se cita con su actualidad o, simplemente, del Lacan-promotor; de hecho, estos fueron títulos tentativos. Sin embargo, en lugar de suavizar o siquiera ser ecuánime, elegí realzar los vértices más molestos, titulándolo, con cierto exceso, "El marketing tal como Lacan lo practicaba". El tema es el de cómo el psicoanálisis (y la obra de Lacan en particular) negocia su lugar en el mundo de las ideologías, las modas culturales y las disputas internas del psicoanálisis. Se trata de la dimensión más pedestre de la literatura analítica. No es la veta de la elaboración teórica, sino la de las relaciones públicas; no es la razón del texto, sino lo que le permite circular socialmente. El marketing tal como Lacan lo practicaba encuentra su centro de atención en el primer capítulo, pero el primer capítulo no lo agota. Lo veremos emerger una y otra vez en el resto del libro; puesto que el estudio y la producción de los textos del psicoanálisis exigirían no olvidar sus direcciones múltiples. En la butaca del escritorio del analista (y notoriamente en la de Lacan) se sienta un monstruo de tres cabezas, la del corrector, el lector trinitario y el promotor.

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La cita posmoderna

En el afán de ser tolerado e incluso promovido, la cita con la actualidad naturalmente también incidió en el escritorio de este libro y no quise enmascararlo, sino mostrarlo como un ejemplo más. Aunque reescritos profusamente para esta nueva ocasión, a cada capítulo lo anticipa —a manera de agradecimiento pero también por su valor de prueba— una nota a propósito de las circunstancias que hicieron posible y enmarcaron su primera aparición. En cada capítulo, el lector reconocerá intentos de hacer teoría flirteando con el ruido de fondo de los asuntos más solicitados del momento. Queriendo aprender de Lacan, procuré servirme de los temas y estilos de moda a manera de restos diurnos o elementos de bricolage. Tomados así, el trato con la coyuntura no significó un aburrido fingimiento sino la posibilidad de contar con una amable e incluso imprescindible compañía. Como ya lo admití más arriba, el debate extrapsicoanalítico de la misreading fue, por ejemplo, un auxilio decisivo para alcanzar la solución de "Los tres lectores", y se prolonga más lejos todavía. Por su parte, la repercusión que adquirió últimamente el neopragmatismo, especialmente el animado por Richard Rorty, me ayudó para clarificar ciertos dilemas propios de la pregunta por el escritorio de Lacan y supo llamar mi atención sobre la figura precursora de William James, que acabé por adoptar como un comodín para varias analogías y contraposiciones, con lo cual fue conformándose una especie de capítulo acerca de psicoanálisis y pragmatismo seccionado en entregas que colabora con un poco de amalgama a unir los siete capítulos. La otra concesión, a mi entender provechosa, es la del interés prestado a James Joyce, que la considerable popularidad del Seminario 23 convirtió en un visitante omnipresente de la actualidad lacaniana. Tal como ya lo evidencia esta misma introducción, el recurso a Joyce será una perseverante pieza de la argumentación. El zumbido de la filosofía norteamericana y de la obra de Joyce se escucha, en efecto, cada vez con más volumen en el lacanismo y no hay que descartar que esté causado no solamente por su genuino interés teórico y estético, sino porque vuelve presente al reto más importante que le espera al lacanismo en la próxima década: el de conseguir que Lacan interese a los analistas de lengua inglesa, y en particular en los Estados Unidos, o resignarse, caso contrario, a ser visto en el mundo anglosajón como una pintoresca escuela psicoanalítica latina.

Por último, y no menos importante, el carácter externo y azaroso de la actualidad colaboró también a seleccionar los textos de Lacan que recibieron mayor dedicación. Desde el comienzo de las investigaciones que llevaron a este libro, yo contaba —si bien en su expresión más rudimentaria— con la hipótesis de que al escritorio de Lacan convenía abordarlo como una encrucijada de tres caminos, pero entendía que contar con una anticipación representaba un serio riesgo. Como la obra de Lacan es una muestra extensa y variada, iba a resultarme fácil encontrar entre sus veintiocho escritos, veintisiete seminarios y un número mayor de notas y conferencias, un recorte que encuadrara cómodamente con lo previsto. El voto casual de la coyuntura vino a oficiar de elector ciego. Aunque no cierran el corpus admitido, cada uno de los texto de Lacan que la contingencia editorial de 1995-1998 quiso traducir al castellano (El Seminario: libro 4, "Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos" y "Joyce el síntoma I") más la edición de 1996 de las Epifanías de Joyce merecieron trato privilegiado.

Ahora bien, la cita con lo último no dejará plantado lo primero. Una y otra vez, el Freud-promotor, el Freud-corrector y el Freud-lector aparecerán con sus escritorios ocupando un espacio considerable. No podía ser de otra manera, Lacan es ininteligible separado de la saga freudiana.

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Pitagóricos o dadaístas

Lo que no se va a encontrar en este libro, a pesar de que serían actuales y pertinentes, son consideraciones acerca de los grafos, los matemas, las superficies topológicas y los nudos. El escritorio de Lacan no solamente contaba con hojas en blanco, fichas, libros, estilográficas y lápices, también guardaba compases, tijeras, cartulinas, goma de pegar, medias, tiras de neumáticos, hilos, cables, alicates y agujas de tejer. Pero su empleo de esas herramientas y materiales exceden los alcances de El escritorio de Lacan. Seguramente haría falta escribir algo así como El tablero, el taller y la tejeduría de Lacan. Quizá ya esté escrito; pero si me empeñara en hacerlo, procuraría abrir ese cajón de sastre con la menor reverencia posible: hay algo allí dentro que induce a la solemnidad religiosa. Como si los circuitos, las letras de las fórmulas, las gomas recortadas y pegadas, o los piolines que guarda fueran figuras platónicas y no figuras retóricas. Evidentemente, en ese volumen sería imprescindible subrayar con qué ventaja estos modelos y escrituras sirven como convenciones que ahorran tiempo, como fórmulas mnemotécnicas y como imágenes que revelan ingeniosa y elegantemente algunos aspectos. Pero la concentración del esfuerzo estaría en precisar los límites de su aplicación, en insistir dónde sus presentaciones conducen al absurdo, a partir de dónde dejan de ser homologables a las que sí soportan todas las reglas del cálculo aritmético, la gramática del álgebra o la arquitectura topológica; colocándolas, de esta manera, más cercanas a la didáctica de la analogía que al mapa del tesoro. Quizá el mismo Lacan fue en parte responsable de que frecuentemente se las tome por códigos secretos de lo real. Así como alentó el instructivo y vanidoso malentendido de que su prosa debía tomarse por poesía dadaísta (lo que está muy bien mientras no se la compare con poesía dadaísta), en compensación, fomentó un pitagorismo para sus otros garabatos. El privilegio concedido a ese cajón del escritorio es un asunto temprano. Puede reconocerse ya el 8 de julio de 1953, en la conferencia inaugural de la sfp, "Lo simbólico, lo imaginario y lo real", cuando presenta en sociedad los tres registros apelando extensa y resueltamente a un grafo. En la discusión que le sigue, mantiene un diálogo con Didier Anzieu, cargado de malicia por ambas partes, en el que Anzieu (inaugurando la lista de los ciegos al Lacan-constructor) da a entender que la ocurrencia de emplear un grafo no es más que una concesión a la moda, y Lacan responde con un optimismo que alienta el malentendido de que ese recurso no es solamente lícito sino superior, acaso por expresarse en una lengua más pura:

Sr. Anzieu: ¿Qué origen se puede dar a estos modelos? ¿Lo que usted propone hoy es un cambio de modelo .... mejor adaptado a la evolución cultural?

Dr. Lacan: Es algo más adaptado a la naturaleza de las cosas.

 

Adiós al escritorio de Lacan

Finalmente, la tematización del escritorio de Lacan y el trabajo mismo de escribir este libro, fue persuadiéndome de que nuestro escritorio de analistas de hoy, incluso o más todavía el de los que somos analistas lacanianos, es otro muy distinto que el de Lacan. Viene con pantallas, parlantes, micrófono, impresoras, diskettes, discos compactos, módem, estabilizador de tensión y scanner. La digitalización de textos (las de las obras completas de Freud y de Lacan, por ejemplo), el acceso económico a fuentes bibliográficas remotas, la edición de página, el correo electrónico, los foros virtuales, etc., convirtieron las escalas de los mapas, desbrozaron el camino hacia las autoridades y renovaron los pequeños oficios de la escritura. Son cambios dramáticos e irreversibles. El no los habría desdeñado: en los cincuenta, obtuvo parte de su bibliografía para el seminario en microfilms; en los sesenta, estuvo entre los que cambiaron la Leica por la Minox y, en los setenta, celebraba los beneficios de volar al Japón por la vía traspolar.

 

NOTAS

1 Cf. Lacan, Judith, Album Jacques Lacan, Seuil, Paris, 1991.

2 Lacan, Sibylle [1994], Un padre (puzzle), La Flor, Buenos Aires, 1995; pp. 81-82.

3 Lacan, Jacques [1970-71], El Seminario 18: De un discurso que no fuese semblante, inédito; clase del 10-III-1971.

4 Lacan, Sibylle [1994], pp. 75-76.

5 Lord, James, a Memoir, Weidenfeld & Nicolson, London 1993, p. 203.

6 Lacan, Sibylle [1994], p. 81.

7 Lacan, Jacques [1970-71]; clase del 10-III-1971.

8 Lacan, Jacques [1975-76] El Seminario 23: El sínthoma, clase del 11-V-1976, inédito en castellano. En ed. francesa del establecimiento de J-A Miller en rev. Ornicar? n° 11, 1977; pp. 2-9.

9 Baños Orellana, Jorge, El idioma de los lacanianos, Atuel, Buenos Aires 1995.

10 Lacan, Jacques [1971-72], El Seminario 19: ...o peor, inédito; clase del 15-XII-1971.

11 Carta de Freud a Ferenczi del 4-V-1913: The Correspondence of Sigmund Freud and Sándor Ferenczi, Vol.1 (1908-1914), Harvard Univ. Press, Cambridge, Massachusetts, 1994; p. 481-82.

12 Lacan, Jacques [1957], "La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud", en Escritos 1, p. 185; Escritos v. corr. p. 480, siglo XXI.


Jorge Baños Orellana


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